La Rosa de Naran



Sinopsis


Dos mundos opuestos conviven en la bella Zailën: El Mundo Humano, donde la magia es sólo una leyenda, y el Mágico, dónde habitan criaturas extraordinarias y sobrenaturales pertenecientes a los cuatro elementos y la magia brota en cada rincón.
Emma acaba de cumplir 65 años. Al soplar las velas de su tarta desea con todas sus fuerzas algo que la vida parece negarle: un hijo. Esa misma noche una niña aparece en la puerta de su casa. Junto a ella encuentran una desconcertante carta en la que les piden que cuiden de ella hasta que cumpla 18 años y después le entreguen una carta, un anillo y le expliquen lo acontecido. 

Aquel bebé crecerá y se convertirá en una bella joven llamada Katia. Su decimoctavo cumpleaños será especial: Recibirá un misterioso regalo y descubrirá quién es y cuál es su destino, un secreto que cambiará su vida para siempre. Vivirá trepidantes aventuras, conocerá personajes sorprendentes, tendrá que luchar por amor y deberá enfrentarse a sus miedos para salvar al Mundo Mágico de Atarran, un malvado hechicero que ansía su destrucción. Toda una historia fantástica que engancha.


Magia, aventuras y sentimientos es lo que hallaréis en sus páginas....


¿Os atrevéis?



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CAPÍTULOS UNO Y DOS




1

UN DESEO DE CUMPLEAÑOS



  Emma se hallaba frente al espejo contemplando su vestido nuevo. Era de color azul y largo hasta los tobillos. De cálido algodón, con bordados plateados y dorados. Llevaba los hombros al descubierto, un detalle que su marido había escogido especialmente para ella. 
Para Emma era un día muy especial. Se trataba de su cumpleaños y quería estar, cuanto menos, presentable. Mientras se alisaba el cabello, pensaba en cómo había cambiado su vida. “Los años no pasan en balde”, le había dicho su padre en cierta ocasión, cuando aún era muy niña. ¡Cuánta razón tenía…!
Su cabello, antaño negro y brillante, se había vuelto blanco y ligero. Su cuerpo, frágil y liviano, se había degradado con el paso de los años, cubriéndose de varices y arrugas. Sus ojos, verde esmeralda, reflejaban el conocimiento que había adquirido con la edad.
Aquel día celebraba sus 64 primaveras, una edad envidiable para muchos. En Noridor, a penas una veintena había llegado a cumplirlos. 
Emma era la pastelera de Noridor, un pequeño pueblo de Rojam, situado en Zailën. Al ser un valle rodeado por el rio Nissa, y gracias a la vegetación, el pueblo era conocido en todo el reino por la calidad de sus frutas y verduras.
—¿Se puede, Emy? —dijo Ron, su esposo, abriendo la puerta del dormitorio.
—Claro. 
Emma se quedó mirándole. Éste estaba espectacular con sus pantalones de ante negros y su camisa gris. Él también había cambiado mucho con el paso de los años. 
Llevaban juntos desde que ambos tenían 16 años. Con el consentimiento del padre de Emma, Ron le había pedido matrimonio delante de todo el pueblo, en la festividad anual de los corderos; una fiesta que se celebraba en Noridor cada primero de Julio, donde sus habitantes se juntaban en la plaza del pueblo, y desayunaban, comían y cenaban cordero. Había música y un enorme mercadillo con las cosas más variadas de todo el reino.
Ron había sido un joven corpulento, de piel morena, con una mata de pelo castaño, todo esto, aderezado con una simpatía y sentido del humor natural. Su padre le había enseñado los oficios de leñador y labrador. Como buen hijo, él se había entregado a estos menesteres en cuerpo y alma. 
Ahora, con 64 años, era el labrador de madera más reconocido de Noridor, aunque ya no talaba tantos árboles como antes. Su pelo había desaparecido, dejando lugar a una brillante calva que Emma adoraba. Su sentido del humor y su disposición para ayudar a los demás, aun la tenían hechizada.
—Mi amor —dijo Ron—, tenemos que ir a la plaza del pueblo.
—¿Y eso? —preguntó Emma, sospechando el motivo.
—Esto…tengo que comprar… necesito unas herramientas       —titubeó.
—¿Herramientas? —Emma arqueó una ceja.
—Sí. Necesito herramientas. 
Sabía que su mujer sospechaba porque nunca se le había dado bien mentir. Ya le había avisado a Renata y a los demás, pero no le habían escuchado.
—Está bien —aceptó—. Dame un minuto y estaré lista.
—Seguro —masculló entre dientes—. Cada vez que dices eso, pasan horas antes de que estés lista.
—No masculles, viejo decrépito —rió Emma—. Soy una mujer, y como tal, debo hacerte esperar. Así que sal de la habitación y deja que me arregle —dijo, guiñándole un ojo.
—Sí, señora —bromeó—. La espero durmiendo en el salón      —agregó soltando una agradable carcajada.
Más de una hora después, Emma y Ron paseaban por el pueblo. Las calles de Noridor estaban construidas en diseño circular, de manera que todas desembocaban en la plaza central, dónde se congregaban la mayoría de los comercios del pueblo. Las casas, pequeñas y acogedoras, estaban construidas de madera y piedra, pintadas de colores alegres. Sus tejados, rojos y naranjas, estaban inclinados, para protegerlos de las nevadas y las lluvias en los fríos días de invierno. 
Ron se paró antes de salir a la plaza, contó mentalmente hasta tres y dio un empujoncito en la espalda a Emma.
—¡Feliz cumpleaños! —exclamaron muchas voces al unísono.
Emma había sospechado que prepararían algo, pero no de tal magnitud. Se sorprendió al contemplar como varias hileras de mesas recorrían la plaza de un extremo a otro. Había platos llenos de carne, fruta y verdura, y una gran cantidad de jarras de vino y cerveza. Ristras de coloridos farolillos colgaban de una orilla a otra cruzando la plazoleta, dándole un aire festivo y lleno de matices.
Al no ser una localidad muy extensa, todos los habitantes se conocían, debido a que llevaban muchas generaciones juntas. Emma y Ron eran una familia muy apreciada en la aldea por su bondad. 
Al no haber tenido hijos, ambos habían desarrollado un inmenso amor por los niños del pueblo, lo que les había hecho ganarse el apodo de los “abuelos” de Noridor. Tal era el afecto que los habitantes de Noridor les tenían, que nadie había querido perderse su fiesta de cumpleaños. ¡Además, no todos los días un vecino cumplía 64 años! Renata y Annie, las mejores amigas de Emma, le prepararon un enorme pastel de frutas como regalo. 
—Sopla las velas y pide un deseo Emy —le dijo Annie emocionada. 
Emma juntó las manos y cerró los ojos. Al soplar las velas, pidió su deseo de siempre: tener un hijo. 
Éste nunca se había cumplido. Y por más que ella y Ron lo habían intentado y rogado a los dioses, no lo habían conseguido. Aun así, era muy feliz y estaba agradecida por ello. 
Ahora, con su edad, la esperanza de que se cumpliera su anhelo había desaparecido. Era consciente de la imposibilidad de ambos de engendrar, no obstante, ella lo había tomado por costumbre.
Ron le dio un efusivo beso en la mejilla y los más jóvenes los vitorearon. Ambos rieron y juntaron sus labios, recibiendo como recompensa, los cálidos aplausos de todos los vecinos.
El día transcurrió alegre y festivo hasta muy avanzada la noche. Poco a poco, todos se fueron a descansar, hasta que la plaza quedó en la más absoluta soledad. 
Ya en casa, y metida en la cama, Emma no podía conciliar el sueño. Estaba inquieta y no entendía por qué. La fiesta había sido un éxito, ella y Ron lo habían pasado realmente bien...  Este hecho le hizo pensar en cuántos cumpleaños más les quedarían a ambos. Ya tenían 64 años y no era una edad muy común en Noridor. 
Estuvo largo rato absorta en sus pensamientos, hasta que, vencida por el cansancio, se quedó dormida.
Unos golpes en la puerta la despertaron. Sobresaltada, miró a su esposo, que dormía plácidamente a su lado.
—Ron, alguien ha tocado. ¡¡Ron!! ¡¡Despierta!! —exclamó, zarandeándolo suavemente.
—¿Qué quieres mujer? ¡Déjame dormir! —replicó él entre sueños. 
—Ron, ¡han llamado a la puerta! —insistió.
—Lo habrás soñado, vuelve a dormir.
Nuevos golpes sonaron, esta vez más fuertes.
—¿Lo ves? Están golpeando de nuevo; ve a ver quién es —le pidió Emma, dándole un toquecito en la espalda.
Ron se levanto de la cama y se dirigió a la puerta fingiendo estar tranquilo, aunque estaba un poco preocupado. ¿Quién iba a tocar en su portillo a esas horas de la noche, si no era para algo malo?
—¿Quién es? —preguntó en voz alta. 
Silencio… 
—¿Hola? ¿Quién es? 
Nuevamente silencio… 
Al no obtener respuesta, se dio la vuelta para irse a la cama un poco enfadado. Pero de nuevo, alguien volvió a golpear la entrada de la vivienda.
—¡Pero bueno, ya vale con la broma! ¡¡Quién es!! —En esta ocasión su voz sonó más enfadada de lo habitual, pero nadie contestó.
Cansado de preguntar, y obtener el mutismo por respuesta, abrió la puerta, pensando que sería una broma de algún niño travieso. Pero cuál fue su sorpresa al contemplar lo que tenía ante sus ojos.
Un remolino de sentimientos se mezcló e invadió su ser. Ante sus ojos se hallaba la respuesta a más de 30 años de plegarias, el mejor regalo que nadie podía desear. 
Se quedó perplejo, sin saber qué hacer o qué decir. Sólo gritó y volvió a gritar como un desesperado.
—¡Emma! ¡Emma! ¡Ven! ¡Ven! ¡Rápido! ¡Corre!
Emma, presa del pánico, se apresuró hacia la puerta imaginando lo peor. Pero al llegar, un sofoco inmenso llenó su anciano y frágil cuerpo. La vista se le comenzó a nublar, y acto seguido, se desmayó.



2

EL DESPERTAR


         Emma yacía en el suelo inconsciente. Ron, arrodillado a su lado, era presa de una mezcla de sentimientos: sorpresa y alegría. Su mayor deseo había sido concedido, algo inimaginable.
Emma se agitó en el suelo. Algo la hizo volver en sí. A lo lejos oía un llanto, como el sollozo de un bebé. De repente, cayó en la cuenta y se incorporó de inmediato. Ron la miraba con cara de satisfacción y con un rollizo bebé de ojos grandes y verdes y una mata de pelo negra, en los brazos. Una suave manta de lana marrón lo cubría.
—¿Ron? ¿Qué…qué…? —la voz le fallaba y no podía articular palabra alguna.
—Nuestras plegarias han sido escuchadas mi amor —le susurró henchido de orgullo.
—Pero… ¿Cómo? ¿De quién? —Temblaba, pero se obligó a sí misma a recuperar la calma.
—Es una niña, mujer. Alguien la ha dejado en nuestra puerta. Es un regalo de los dioses.
Emma cogió a la criatura en sus brazos sin poder creerlo. ¡Una hija! Después de tanto tiempo deseándolo, por fin las divinidades se lo habían concedido. ¡Era un milagro!
—¿Qué es esto? —preguntó Ron, al mismo tiempo que cogía un paquete verde. Algo abultaba en su interior—. Veamos qué es.
Ron lo abrió y encontró dos cartas y un anillo en su interior. Una iba dirigida a ellos.
—Debe ser de la madre que nos deja una nota —aventuró.
Ambos se miraron y procedieron a leer su contenido, el cual textualmente decía:


«Queridos Emma y Ron:
Sé que siempre habéis deseado tener un hijo, pero la providencia no os lo ha concedido. Por eso el destino ha querido que os encontrase. Yo, por motivos que algún día comprenderéis, no puedo criarla, pero sé que seréis buenos padres. La cuidaréis y la educaréis para que sea una persona bondadosa y respetuosa. Instruirla para que haga el bien. Os ruego que la llaméis “Katia”, pues ese es su nombre.
En el interior del sobre, encontraréis un anillo y una carta. El undécimo día de Junio, dentro de dieciocho años, entregádsela. Hacedlo antes de que el reloj marque la medianoche y concluya el día de su cumpleaños.
Entonces, y sólo entonces, deberéis decirle la verdad. Es muy importante que así sea. Confió en vosotros. Sé que lo haréis bien.
No temáis por el tiempo, no mellará en vosotros del mismo modo que en los demás. Envejeceréis, sí, pero a un ritmo más lento.
De nuevo, os pido que le enseñéis la bondad y el amor por el que sois de sobra conocidos.
Con mis mayores esperanzas: Noa, Guardiana de la Tierra.»

Los dos ancianos, asombrados por lo que acababan de leer, permanecieron en silencio, asimilando el contenido. Pasaron varios minutos antes de que Emma hablara.
—Ron, es la Guardiana de la Tierra. Ni más ni menos que un ser elemental.
Él cogió el anillo y lo contempló absorto. La sortija tenía engarzada una esmeralda en el centro. Sus pensamientos se aglomeraban en su mente sin un orden concreto. No podía créelo. No sabía que contestar.
—Ron, ¿me has escuchado?
—Sí, Emy —asintió escueto.
—Es una Guardiana. Ni siquiera creía que fuesen reales. Pensaba que eran leyendas, cuentos para no dormir. Yo… —su voz se perdió en su interior.
Ambos estaban desconcertados a la vez que emocionados. Su mayor anhelo había llegado de la manera más insospechada.
—Bueno, haremos lo que dice la carta —decidió Ron al cabo de media hora—. La educaremos como si fuese nuestra, pero ocultaremos sus orígenes. Sólo diremos que nos la dejaron en la puerta. No se hablará más de la carta ni del anillo hasta que la niña cumpla 18 años. ¿Lo has entendido? No sé cómo vamos a hacerlo pero… lo haremos Emy. Seremos buenos padres aunque tengamos edad para ser abuelos —rio mientras miraba dulcemente a la pequeña—. Tengo un buen presentimiento.
—Sí. Nadie sabrá nada. Es una niña preciosa.
Emma no podía dejar de mirar a la pequeña, que dormía plácidamente en el regazo de la que, a partir de aquellos instantes, sería su madre.





















2 comentarios:

  1. Es una historia muy intrigante . Hoy había venido la escritora a mi colegio y en cuanto nos había contado la historia ya me quería comprar el libro y todas mis amigas también querían comprarlo. mañana mismo ire a comprarmelo a la papelería .

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